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Una biblioteca de cartón pintado

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mincuadernados en cuero lujoso, tan suave y aterciopelado que algunos lo llaman piel, y ribeteados por un color dorado de estirpe palaciega, los libros de la biblioteca de un antiguo jefe mío transmitían erudición y sabiduría desde la pared tapizada con conocimiento. Pero un día, no muy lejano del día en que descubrí que retenía los aportes patronales, comprobé lo que sospechaba, que esos libros eran como los súbditos del gimnasio que tienen más músculo que cabeza: puro lomo. Adentro no había nada. Si mi antiguo jefe podía ser un chanta (lo era), también tenía el don de la anticipación: se adelantó unos cuantos años al afición a los libros, el fenómeno de esta época por el cual se ostenta de los libros… aun los que no se hayan leído.

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El fetichismo por los libros en la era digital: ¿quién no presumió de su biblioteca en las reuniones por Zoom?

 

La emergencia del Zoom en los tiempos de pandemia alumbró un filón: la venta de fondos falsos para presumir de una biblioteca bien nutrida. Algunos emprendedores montaron negocios de fábula con la venta de libros falsos o libros falsos: por un puñado de dólares, algunos lomos de volúmenes para decorar la mesita del café o el entorno de la reunión de teletrabajo. Ahí donde la biblioteca (real) de cada uno sea sea un tema casi metafísico, porque como dice el erudito italiano Roberto Calasso quien intente ordenar sus libros deberá reconocer y transformar el mapa mental de sus preferencias y pasiones, la biblioteca (falsa) convierte en objeto algo que es en esencia incorpóreo: la lectura. El libro Bookishness, de la académica estadounidense Jessica Pressman, indaga en la adoración por el soporte físico en plena era de la plataforma digital. “La cultura del siglo XXI está obsesionada con los libros”, dice y describe algunos de los fetiches actuales: posar con el fondo de una biblioteca verídica o ficticia, comprar volúmenes por metro o color para decorar la casa, estampar remeras, almohadones y empapelados con portadas famosas o presumir ante propios y extraños la cantidad de lo leído, como si el acto de leer tuviera una graduación cuantitativa.

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“Los libros representan un refugio, o un arma, contra los peligros de lo digital”, concluye Pressman: “Pueden funcionar como monumentos conmemorativos y expresar la pérdida de sentido de esta época”. En un mundo plagado de incertezas, esos lomos de cuero se encuentran en ladrillos sobre los que se edifica una sensación de confianza. No es poco: aunque nunca decía haberlos leído, mi antiguo jefe, cada vez que quería remarcar una idea o dar una orden señala, con mano magnánima los libros de su biblioteca de cartón pintado.

 

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Publicado en La Nación

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