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Uno en la multitud

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Una nueva vara invisible rige los vínculos sociales entre uno y los otros: ¿están a metro y medio? La primera pandemia de la globalización dejará su huella en los hábitos y las costumbres: si es cierto que de cada gran epidemia aprendimos algo (no tocar las heridas purulentas de los demás o lavarnos las manos antes de comer), esta enfermedad replantea el vínculo con otros humanos justo cuando estamos más ensimismados. Es probable que haya una moraleja, pues: tendremos que aprender otra vez cómo relacionarnos con los ajenos. Pero después de un año y medio de confinamiento y distanciamiento, las gratificaciones típicas de la clase media, ahí donde la promesa del placer instantáneo alimenta el gustito superfluo o el gasto no presupuestado, proponen un dilema. ¿Cómo volver al restaurante, el cine, el estadio o el gimnasio? La de covid-19 será una pandemia que habrá exigido una convalecencia colectiva y una rehabilitación menos física que anímica: el desafío de volver a vivir en grupo y beneficiarse del contacto con extraños. 

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La pandemia hizo que muchas de las actividades típicas que hacen deseable la vida en las ciudades se gestionaran de manera remota, impersonal. ¿Cómo se reconfigurarán los vínculos? ¿Recuperaremos la idea de que vivir en sociedad es vivir con extraños?

 

“Debería haber una nueva palabra para esa extraña mezcla de esperanza y alarma inspirada por la visión de una multitud poscuarentena”, escribió el periodista Joe Moran en el diario inglés The Guardian (1). La experiencia nos demostró que el hemisferio norte funcionó como el trailer de una película que aquí, en el sur, habríamos de ver más tarde: las imágenes de un Wembley repleto para la final de la Eurocopa o de una discoteca estallada de cuerpos a los que rodean nubes de aerosoles se nos revelan tan ansiadas como inquietantes. Será asignatura futura de los sociólogos, o de los autores de bestsellers más cerca en el tiempo, analizar cómo deberán repensarse los vínculos de una raza que, antes que cualquier otra cosa, es gregaria y social: ya se augura un aluvión editorial sobre el tema. “Los extraños están desentendidos de nuestros mundos y vidas y esa ausencia puede aliviar nuestras propias cargas”, escribe el filósofo Will Buckingham en Hello, Stranger, un libro recién publicado en inglés (2). En The Power of Strangers, otro ensayo reciente, el periodista Joe Keohane se vale de nuevas investigaciones en psicología social para documentar cómo el vínculo con desconocidos suaviza las diferencias ideológicas y aumenta el compromiso social (3). Si los mandamientos maternos se apoyan sobre dos prohibiciones (“no levantarás comida del piso” y “no hablarás con extraños”), desde el subtítulo de su libro, Keohane sugiere lo contrario: “Los beneficios de conectar en un mundo de sospechas”.

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No es casual que en la época de los algoritmos, esos cálculos matemáticos diseñados para que solo nos vinculemos con el material que nos resulta familiar, la retórica sanitarista nos hable de burbujas. ¿Qué pasará cuando ya no sea imperativo estar encapsulados? Habrá un tiempo de calibración, probablemente. La diferencia entre temerosos y temerarios ya no será semántica sino empírica: unos cruzarán de vereda cuando avizoren un grupito cerca de la esquina y otros se hundirán en un mar de cuerpos sudados en el primer partido de fútbol que vuelva a admitir hinchada local.

Y unos cuantos más quemaremos los barbijos no bien podamos pero secretamente pediremos que ya no sea costumbre saludar a todos con un beso al llegar a la oficina o un cumpleaños. En Hello, Stranger, la muerte de su pareja empuja a Buckingham a una rutina de resocialización y encuentra argumentos históricos y antropológicos que demuestran cómo el cultivo de la alteridad, la capacidad de ser otro o alguien distinto, alivia las cargas de ser uno mismo. En The Power of Strangers, Keohane se rebela contra uno de los efectos colaterales inadvertidos de la pandemia: el silencio en las ciudades. “Nos paramos mudos en la farmacia y en la caja del supermercado, distraídos por nuestros teléfonos, apenas dando las gracias, aun cuando las tasas de soledad se disparan”, escribe: “En internet, nos refugiamos en silos ideológicos reforzados por algoritmos diseñados para llevarnos a ideas familiares y a usuarios que piensan como nosotros. En la política nos consume cada vez más el miedo a personas que nunca hemos conocido. Pero, ¿y si los extraños, a los que a menudo se culpa de nuestros problemas políticos, sociales y personales más urgentes, son en realidad la solución?”.

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La red social

“Puesta en perspectiva con otras pandemias, la hemos pasado mejor y peor”, escribe el biólogo Juan Manuel Carballeda en su libro Fiebre, que recopila una historia breve de las epidemias (4). “Y siempre aprendimos algo. Esta vez no será la excepción aunque quizás no tengamos del todo claro cuál es la enseñanza”, concluye. Acaso lo que habrá que reaprender es aquello que nos define como raza social. En su investigación, Keohane ubica en los primeros asentamientos humanos, diez mil años atrás, la obligación casi sagrada de ser hospitalario con los desconocidos debido a que los extraños llevaban mercancías y noticias a los pueblos; pero también constituían un sistema de supervivencia porque la fragilidad humana frente a otras especies era reforzada mediante la más primigenia red social. También cita una palabra del griego antiguo, xenia, que era el contrato tácito de hospitalidad que se firmaba entre desconocidos (de allí derivan xenos, que significa a la vez “extraño” y “amigo”, y la actual xenofobia, o “fobia a los extranjeros”). Y exhuma antiguas leyendas folklóricas, como las bíblicas, en las que las personas que hospedan a los forasteros se convierten en ángeles; las homéricas, porque Ulises en La odisea se encuentra con malos anfitriones, como los cíclopes, pero también con extraños que lo ayudan a volver a Ítaca; o la japonesa del ijin (en traducción libre, “persona diferente”), que narra la parábola del pordiosero que en realidad es un príncipe: aquel que ofrezca una mano al extraño será recompensado.

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Después de la pandemia, el desafío de las clases urbanas será volver a vincularse con aquellos que estén afuera de la burbuja propia. La cuarentena, el aislamiento y el distanciamiento (todos términos que las autoridades usaron para establecer diferentes categorías de una misma instrucción: mantenerse alejado de los otros) aceleraron el proceso de ensimismamiento. Muchas de las actividades que hacen deseable la vida en las ciudades, como el entretenimiento, la cultura o las comidas, se gestionan de manera remota e impersonal. Solo hay que hablar a una máquina, pulsar un código, acercar un plástico y, en el caso de que haya un humano, su rostro se nos ocultará detrás de un barbijo o una cortina de nailon. “Convertidos en invisibles por la tecnología, las legiones de extraños que sirven a nuestras necesidades se vuelven poco más que instrumentos de uso, condenados a un anonimato permanente”, escribe Keohane. Hasta una actividad inevitablemente física, como la deportiva, se vuelve inmaterial: las cadenas de gimnasios ofrecen membresías que incluyen la admisión a salones despoblados y clases virtuales con entrenadores que ajustan sus músculos a las exiguas dimensiones de la pantalla de un Zoom.

 

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Tal como publicó la revista New York hace algunas semanas, con el regreso paulatino de las actividades volvió aquello que se conoce como FOMO, un neologismo que significa fear of missing out, o el “temor a perderse algo” propio de las ciudades hiperactivas (5). El periodista Matthew Schneider escribe: “La pandemia nos forzó a simplificar nuestras vidas y mirar hacia adentro. Ahora es tiempo de divertirnos otra vez. Debería ser fácil, ¿no?”. La pregunta retórica sugiere la respuesta: no. Aun cuando las ciudades propongan aforos y protocolos, el regreso a la cerveza compartida o el beso fugaz tendrá que negociar con el estrés postraumático de una época donde la función esencial del otro (apenas: respirar) se anunció como una amenaza de contagio. Tras el registro de todas las cenas, las fiestas, los desfiles y las inauguraciones que intentan hacer de Nueva York la ciudad que fue hasta marzo del año pasado, el artículo concluye con el testimonio de un entrevistado anónimo que se presenta como un ex party boy: “Creo que debemos reconstruir nuestro músculo social”, dice y, después de enumerar una semana agotadora en la que salió a la calle cuatro días seguidos, confiesa que el quinto día no se pudo mover de la cama: “Necesitaba estar en una habitación oscura y ponerme en cuarentena de la sobresocialización”.

 

Salgan a la vida

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“La pandemia no acabó, pero varios países creen que es necesario aprender a vivir con el virus”, escribe la periodista Sui-Lee Wee en The New York Times, donde registra el nuevo enfoque sanitarista de algunas ciudades grandes: ya no proponerse evitar el contagio de las mayorías sino dedicarse a salvar los casos más graves (6). En el artículo, Sui-Lee documenta la incertidumbre de un empleado público israelí que, a pesar de la inquietud, se anima a meterse en un cine de Jerusalén y de una vecina romana que, aun vacunada y sin obligación de taparse la boca, no se atreve a abandonar la mascarilla. Tras un año y medio de pronósticos desalentadores, alertas tremendistas y noticias falsas, la sociedad prudente desconfía del mandato actual: “¡Salgan a la vida!”.

 

“Las representaciones no se constituyen solo con elementos cognitivos sino que además inciden en ellas elementos emocionales (por ejemplo, modalidades de negación o proyección, formas de asunción de los miedos, estrategias de evasión, sistemas de naturalización, formas distorsivas, entre otras) y ético-morales (modelos de comunidad, de lazos sociales, prioridades, intereses, primacía de los derechos propios o el bien colectivo ante distintas situaciones)”, distingue el sociólogo Daniel Feierstein en su libro Pandemia (7). En la Argentina, la cuarentena dura que tuvo lugar entre abril y agosto dio paso a una relajación injustificada entre septiembre y diciembre: la sociedad, con el auspicio del gobierno, la oposición y los medios de comunicación, decidió volver a una vida colectiva casi despreocupada aunque la amenaza aún no se había disipado. Según Feierstein, ya agotadas las instancias de restricción y control, el gobierno nacional se decidió por la “fuga hacia adelante”: así, promovió las vacaciones de verano, los eventos multitudinarios y hasta el turismo de Semana Santa, esto último en el peor momento de la pandemia, con unos 40 mil contagios registrados por día.

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Es indiscutible: no estamos hechos para vivir aislados. En su ensayo Vida precaria, la filósofa Judith Butler propone una ontología de la vulnerabilidad y una lógica del duelo que ayuda a pensar la sociedad desde la pérdida: los humanos estamos conectados a los otros, incluso con quienes tuvimos una relación fugaz o ni siquiera, a través de una vulnerabilidad compartida (8). Si antes de la pandemia nos veíamos como seres autosuficientes y hasta blindados, protegidos por un entramado de máscaras sociales, ahora estamos literalmente ocultos de los otros pero, según Butler, el cuerpo ofrece algo que sentimos como una armadura y en realidad es débil, permeable y vulnerable. Esa piel porosa deja pasar las partículas de coronavirus pero también nos expone a las miradas, los deseos, las necesidades y hasta los actos violentos de los otros. Los barbijos, pienso yo, o todavía peor, esas cortinas faciales de plástico que parecen máscaras de fundición importan a la vida diaria el concepto de interfase que la tecnología nos legó: intermediados por un vidrio, ahí donde se hablaba de la era de las cuatro pantallas (el televisor, la computadora, la tableta y el teléfono, en estricto orden inverso de tamaño y vínculo personal), a partir de ahora habrá que hablar de una quinta: la pantalla facial.

 

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“¿Se acuerdan del apretón de manos y de la charla ligera”, se pregunta Moran en The Guardian y después razona sobre lo inevitable: “Somos animales narrativos. Cada extraño nos ofrece una pequeña pepita narrativa, una historia que no habíamos escuchado antes. Ulises devolvió la generosidad de sus anfitriones ofreciéndoles el único bien que tenía: relatos”. Más temprano que tarde, regresarán el abrazo eufórico con un hincha desconocido del mismo club de fútbol y los besos consentidos en la mística de bares y discotecas. Aun en la precaución o la desconfianza, el cuerpo vuelve al roce con lo ajeno: en un acto que tiene mucho de ritual y bastante de iniciático, ya desnudé mi brazo para que un desconocido clave una aguja y en la odisea de esta época no retribuyo con relatos sino con la manifestación suprema de la cercanía: la selfi. Entrego como ofrenda mi piel para el pinchazo y entre el alivio y la gratitud, y aunque jamás me haya subido a un tranvía llamado deseo, hago propia la frase más certera que yo pensaba, hasta ahora, solo era puro teatro: “Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”.

 

Publicado en Le Monde Diplomatique

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NOTAS

1. Joe Moran, Crowd control, The Guardian, Londres, 2021.

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2. Will Buckingham, Hello Stranger, Granta, Londres, 2021.

3. Joe Keohane, The Power of Strangers, Random House, Nueva York, 2021.

4. Juan Manuel Carballeda, Fiebre, El gato y la caja, Buenos Aires, 2021.

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5. Matthew Schneider, The return of FOMO, New York, Nueva York, 2021.

6. Sui-Lee Wee, How Nations Are Learning to ‘Let It Go’ and Live With Covid, The New York Times, Nueva York, 2021.

7. Daniel Feierstein, Pandemia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2021.

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8. Judith Butler, Vida precaria, Paidós, Buenos Aires, 2006.

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Cuatro tendencias de café imprescindibles en HOST Milán

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POR KATRINA YENTCH
REVISTA BARISTA ONLINE

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Fotos cortesía de Katrina Yentch

Como editor en línea en Revista Barista, Estoy teniendo mi primera experiencia en una feria comercial internacional y una competencia de café en este puesto en HOST Milano 2021. Qué honor ha sido ver mi primer Campeonato Mundial del Café después de dos años de demoras tan esperados.

Dado que esta es una feria comercial internacional, me estoy enfocando en las tendencias no solo dentro de la industria del café, sino también dentro del contexto del café italiano. Sí, puedes apostar que el espresso siempre será una forma de vida aquí. No importa cuán avanzada sea la preparación del café de filtro, para muchos italianos, nada igualará la tradición cultural de larga data y la comodidad de recibir un espresso (junto con un cubo de paquetes de azúcar, por supuesto).

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Aquí hay cuatro tendencias que hemos presenciado en HOST Milano 2021:

Máquinas de cápsulas de espresso

Una tendencia en el mundo del café en la era de la pandemia ha sido el enfoque en opciones convenientes de café de alta calidad, desde paquetes instantáneos hasta cápsulas de café especial. En este caso, el mundo italiano del café ha estado desafiando al cervecero de estas cápsulas: la propia máquina Nespresso.

Varios fabricantes exhibieron cápsulas de café sin plástico, presentando materiales como cartón compostable para contener el café. Una forma de vaina particularmente interesante que experimenté fue una cuyos materiales eran muy similares a la forma y textura de una bolsita de té. El café se colocó en estas bolsas en forma circular mientras el usuario “apisonaba” la máquina sobre él, preparando un trago en menos de cinco segundos.

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Mi duda obvia con este sistema es la capacidad de mantener cualquier tipo de presión sobre el espresso. Sin embargo, aplaudo algo que parece ser la opción más compostable para las cápsulas de café hasta el momento.

Mi parte favorita de esta tendencia es la increíble personalización y el brillo de estas nuevas máquinas de cápsulas. Son mucho más lindos que cualquier máquina de cápsulas que haya visto en la casa de alguien. ¡Es prácticamente difícil de creer que estas son máquinas de monodosis de café a primera vista! Solo mira estos colores.

Cafeteras de cápsulas cuestionables pero adorables en HOST.

Vapores independientes y cafeteras espresso

Si bien no he reconstruido del todo el razonamiento del aumento de la popularidad (el desperdicio de leche y la personalización son los puntos de venta más comunes en este momento), los espumadores de leche independientes y las cafeteras de espresso son lo último en innovación de café. No solo son increíblemente de alta tecnología; son igualmente elegantes y de diseño minimalista, y también se asemejan a productos que no parecen hacer café. En este caso, piense en todos los molinillos domésticos y de café que parecen telescopios y equipos para optometristas.

Aparte del propio vaporizador de leche independiente de La Marzocco, Wally, un producto de café particularmente interesante con el que pudimos jugar fue la cafetera de café expreso de palanca de Manument, una máquina grande que me recordó a la cafetera de té steampunk Alpha Dominche (RIP) en la era de mediados de la década de 2000 de la innovación en la elaboración de café.

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Construido con tostadores de café en mente, el sistema de agua de tanque abierto permite a los usuarios poner básicamente cualquier tipo de agua que quieran en él para preparar café (y puede apostar que hubo muchos chistes circulantes que involucran agregar otros líquidos azucarados y fermentados allí) mientras personalizando su presión manualmente. Sus características están hechas para verdaderos nerds del café. Sin embargo, su diseño minimalista y su funcionalidad estilo palanca enfatizan la simplicidad que afirman al «aprender a elaborar cerveza en tres intentos».

Para probar este lema, los Del Creatives-Revista Barista party desafió a varios competidores a preparar el mejor tiro en 3 intentos.

La máquina de café espresso de estilo palanca muestra una fusión de nueva tecnología con un diseño clásico en mente.

Agua para cafe

Hablando de la elección del agua, muchos expositores están comprendiendo la importancia del agua en el café, algo que incluso muchos de los baristas nos tomamos más tiempo para comprender antes de vivir la verdad de nuestra educación inicial sobre el café: el café es 98% agua.

Innumerables puestos ofrecen opciones de agua de alta tecnología para tostadores de café, cerveceros y fabricantes de espresso, que afirman ofrecer el mejor tipo de minerales para realzar los mejores sabores de los cafés elaborados. Vienen en formas elegantes, como barriles con nitro, y han alimentado aún más mi deseo de ser parte de una degustación de agua.

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Máquinas de café expreso «Marcando hacia atrás»

En algún momento, cuanto más personalizables se volvieron las máquinas de espresso, más complicadas se volvieron. Al conectar cada máquina de espresso a Bluetooth y una interfaz de pantalla táctil, ciertos conceptos como PSI, preinfusión y registros de marcación se volvieron demasiado para que un barista principiante los entendiera detrás de la barra, y mucho menos para programar un turno completo.

Los expositores de esta feria comercial están mostrando una variedad de máquinas que ciertamente se adaptan a esa multitud, con presentaciones vanguardistas de San Remo y Victoria Arduino. Sin embargo, algunos stands también están presentando formatos más minimalistas y elegantes en sus versiones de una experiencia moderna de preparación de espresso. También vienen en colores únicos e interfaces simples, demostrando un formato accesible y comprensible.

La máquina de café expreso de Biepi, ¿o la mesa de café?

Una empresa que me ha mostrado este estilo es Biepi, cuya reciente colaboración con WhyNot Designs resultó en un modelo de máquina de café expreso que parece una mesa de café a primera vista. Otra marca que se ha robado el espectáculo es Storm, cuya interfaz de máquina de café expreso parece una plataforma de producción para músicos; simplemente gire las perillas para personalizar su marcación.

La máquina de espresso Storm presenta una forma diferente de personalizar el espresso.

Estamos terminando lentamente la locura en HOST, con World Coffee Champs mejorando cada vez más, ¡así que estad atentos a nuestro Instagram para obtener las últimas actualizaciones de nuestra lente!

La publicación Cuatro tendencias de café imprescindibles en HOST Milán apareció primero en Barista Magazine Online.

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Cuando la mentira es la verdad

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La primera noticia que tuvieron en China sobre un nuevo coronavirus fue una noticia: “Ocho personas son castigadas por esparcir rumores sobre una neumonía desconocida”. Era el primero de enero del año pasado. Veinte días más tarde, la ciudad de Wuhan entraba en cuarentena total: estuvo 76 días cerrada como una prisión de máxima seguridad. Con esta elipsis empieza En el mismo aliento, el impactante documental que estrenó HBO y que muestra el apagón informativo en los primeros días de la pandemia. La directora Nanfu Wang, que antes había realizado Nación de un niño sobre los durísimos postulados de la política china de control de la natalidad, registra el fin de la normalidad que habíamos conocido y qué pasa al develarse lo que se esconde bajo una sábana de hospital: cuando la mentira es la verdad.

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La pandemia y el apagón informativo: el documental “In the Same Breath” muestra los primeros días del virus.

 

El coro sincronizado de nueve noticieros distintos pero los nueve diciendo exactamente lo mismo, dictado en palabras calcadas, demuestra hasta dónde llega la libre expresión: en China se declararon 3335 muertes por covid-19 el año pasado aunque se calcula que hay que multiplicar esa cifra por diez y entre los denunciantes hay varios periodistas desaparecidos. Wang vive en los Estados Unidos y estaba visitando a su familia china en el momento del brote: en un trabajo de arqueología periodística encontró videos registrados por la gente en los últimos momentos de la vieja normalidad y los primeros de la nueva. Entre unos y otros se encendió la maquinaria de la propaganda. Si era previsible que China impusiera un control férreo sobre la información, lo notable es que lo mismo sucedió en los Estados Unidos cuando el virus cruzó el océano, con el gabinete completo de Trump minimizando lo que se consideraba, apenas, una gripecita. En China, ya impedidos de ocultar el dragón en el bazar, los mismos noticieros que negaban la existencia del virus empezaron a decir que no se contagia entre humanos o que en ningún caso es grave y se vieron obligados a iniciar cada emisión con un voluntarioso “ ¡Buenas noticias! ” que a nosotros, inevitablemente, nos recuerda el fatídico “¡estamos ganando!”.

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Perdimos. La pandemia dejó casi cinco millones de muertos, remató la confianza colectiva en las instituciones y liberó una parva de paranoicos que intuyen conspiraciones hasta en las reuniones de consorcio. Más atenta al viejo control dictatorial que a las noticias falsas de esta época, Wang desmenuza los trucos de la propaganda clásica que se anuncia en el espíritu triunfante de un noticiero que ignora el espanto: “Cuando el gobierno nos dice adónde mirar lo que nos dice es adónde no mirar”.

 

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El Zuckerberg noruego

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min medio del debate sobre la conveniencia, o no, de importar noruegos a la Argentina para cumplir el anhelo de ser “un país en serio”, pienso que tenemos tanta suerte para la desgracia que si un noruego quisiera lograr esa ímproba tarea ese noruego seguro sería Waleed Ahmed, “el Mark Zuckerberg” de ellos. Hace unos años, el joven de veintipico, hijo del medio de una familia de inmigrantes paquistaníes, convenció a todo Oslo de que había inventado un cargador solar para celulares y así recaudó carretillas de coronas en subsidios y llegó a reunirse con Ted Turner y el príncipe Haakon, heredero del trono, y fue felicitado por Barack Obama y consiguió un millón de dólares para llevar a Escandinavia a su íntimo amigo Justin Bieber, quien no había oído en su vida hablar del pícaro noruego.

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El folclore de los falsarios es infinito en personajes como Ahmed, que llegó a engañar a Ted Turner y el príncipe heredero del trono de Noruega.

 

El folklore de los falsarios es infinito en personajes como Ahmed, uno de esos dotados con la habilidad del engaño: el arte de la impostura se practica de maneras múltiples. El “Mark Zuckerberg noruego”, que así lo llamaron los diarios, quiso conjurar el trauma de una infancia de segunda con una vida de primera clase, regada de espumante Cristal y valijas Louis Vuitton. La porfía en el verso me recordó el libro Famosos impostores, una de las obras negadas de Bram Stoker: el autor de Drácula, empachado de ficción, quiso demostrar que las mejores mentiras están en la vida real. «Ha sido el deseo de este autor, que experiencias se han centrado en gran medida en el terreno de la ficción, abordar este material como si se tratase del material de una novela, con la salvedad de que todos los hechos son reales y auténticos» , escribió. En esas páginas se lucen el rey durmiente del Portugal, que originó un movimiento mesiánico que llegó hasta el poeta Fernando Pessoa, o el singularísimo Chevalier D’Eon, un superespía francés del siglo XVIII que alcanzó los lechos más encumbrados de la corte británica vistiendo de mujer. Como la Historia está repleta de cacos y truhanes, honro esa tradición y robo el título de Stoker para esta nueva columna sobre la obra de los timadores de toda calaña.

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No me preocupa que se agoten los famosos impostores (falta mucho para eso porque chantas sobran) pero aun así me alivian las palabras del maestro: “Es un tema que bien podría llenar una docena de volúmenes”. La impostura, una droga que provoca cotas altísimas de dependencia, llevó a Ahmed a una cárcel estadounidense, de la que se espera que salga el año que viene después de una de las penas más duras de la jurisprudencia en casos similares. Es que nadie había logrado engañar a Ted Turner, el príncipe Haakon y Barack Obama. ¿Cómo llegó tan lejos? Las palabras de su antiguo socio, limpio de culpa y cargo, explican el modus vivendi del que hace carrera como fraude: “Empezás a mentir y no parás; es difícil cambiar la historia una vez que la has contado ”.

 

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