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Vale más que la propia barba

mil ejército de Pedro el Grande era invencible … hasta que fue vencido. Cuenta la leyenda que los soldados comienzan a debilitarse cuando el zar de Rusia, obsesionado con las costumbres occidentales, los obligó a afeitarse. Con los rostros desprovistos de sus máscaras naturales, ¿los soldados se enfermaron porque perdieron la protección del frío y la humedad, esas fértiles fuentes de dolor, o porque se sintieron desnudos sin la insignia de su hombría? El dilema no tiene respuesta y es uno de los que plantea la lectura de La filosofía de las barbas, un delicioso ensayo reciente publicado que, aunque fue escrito hace más de 150 años, analiza hasta el bulbo capilar una de las grandes modas de esta época: la barba y cómo su crecimiento espontáneo, o su poda artificial, tuvieron mucho que ver con la gloria o el ocaso de civilizaciones enteras.

Según el autor Thomas S. Gowing, la barba es “el rasgo humano más sujeto a los cambiantes humores de la moda”.

Del misterioso Thomas S. Gowing se sabe más bien poco. Ni dónde ni cuándo nació o murió, apenas qué vivió en el siglo XIX y qué grabó Inglaterra dando conferencias sobre la importancia de mantener la barba, ese signo que combina “la belleza con la utilidad para impartir gracia viril y un acabado libre a la cara masculina ". Ahora su monotema se edita acá, con traducción y notas del poeta Jorge Fondebrider: según Gowing, la barba es “el rasgo humano más sujeto a los cambiantes humores de la moda” y como testimonio de su pronóstico avizor tenemos las infinitas barberías que se reproducen como parripollos y los hirsutos rostros de los hipsters que dejan crecer sus pelos faciales acaso como rebelión económica contra una generación de padres afeitados al ras. En el librito se habla de líderes históricos que pusieron sus barbas como garantías del éxito de sus revoluciones (aunque por razones de temporalidad no aparece el más notorio de ellos, Fidel Castro) y del bosque facial como sinónimo de fe o confianza: el devoto musulmán hacerse un juramento “por las barbas del Profeta” y del hombre bueno se dirá que “vale más que la propia barba”.

Si es cierto que la barba ofrece un abrigo natural, calienta el aire que se inspira, filtra la humedad y el polvo y otorga un velo de dignidad al hombre que la porta, ¿por qué nos pasamos años enteros rasurando con torpeza eso que se nos nos dio naturalmente? En el artificio está el vicio. Y mientras la masculinidad sigue en crisis, y los varones modernos no encuentran su origen o su destino, valga la reflexión de Gowing: “Como suele ocurrir con frecuencia, lo que los hombres estaban buscando tan intensamente la naturaleza lo había puesto justo debajo de sus narices ".

Publicado en La Nación

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