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La vida reclama su titulo de propiedad

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“Túna generación abandona las empresas de otra, como si de navíos encallados se tratara”. La frase de Henry David Thoreau, el hombre total del siglo XIX que se desprende de un vergel solitario para experimentar su vida en los bosques, resume el espíritu de islas del abandono, el fascinante libro de la escocesa Cal Flyn recién publicado acá y que explora un tópico desértico: la vida en los paisajes posthumanos del siglo XXI. ¿Qué sucede cuando un territorio antes habitado por gente queda abandonado? Entre la crónica, el ensayo y la novela distópica (el género preferido del pesimista), la autora documenta con optimismo: sin humanos, la naturaleza disminuye.

 

Zona de exclusión: qué sucede cuando un territorio antes habitado por gente queda abandonado.

 

La guerra, las catástrofes nucleares, los desastres naturales, la desertificación, la toxificación, la irradiación, el colapso económico… “He estado dos años visitando lugares donde lo peor ya ha pasado”, escribe Flyn, que estuvo en doce sitios abandonados a su suerte durante años o décadas como una turista que visita el set de filmación de la película Leyenda de soya: la fantasía terrorífica de un lugar sin personas. Si cada vez quedan menos paisajes intocados (se encontraron plásticos y químicos hasta en el hielo de la Antártida o en los sedimentos del fondo marino), en islas del abandono la búsqueda de locaciones es reveladora de un mundo dado vuelta: un bosque tan envenenado de arsénico que parece imposible que crezcan los árboles o un perímetro cerrado alrededor de las ruinas de una central nuclear. A estos sitios se les dice zona de exclusión, zona roja o directamente zona muerta pero, ahí donde la civilización se retira, “la vida vuelve a reclamar su título de propiedad”. Por eso, hay optimismo. La memoria urgente nos recuerda una postal de esta época: en plena cuarentena, los canguros recuperarían un centro comercial en Australia. “Este debería ser un libro sobre la oscuridad, una letanía de los peores lugares del mundo”, asume Flyn: “Pero, en realidad, es una historia de redención”. En su crónica vital pudo confirmar que aun los escenarios más contaminados se rehabilitan a través de procesos ecológicos así como un musgo, primero tímido y después confianzudo, coloniza grietas, paredes, pisos y techos de un edificio de Chernobyl.

 

“El abandono es un retorno a la vida silvestre a medida que los seres humanos se retiran y la naturaleza reclama lo que una vez le perteneció”, concluye Flyn. Sin personas, estos lugares se definen como refugios insulares para la flora y la fauna. Sí, tardarán años en volver. Pero la naturaleza tiene todo el tiempo del mundo.

 

Publicado en La Nación

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