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México se está muriendo

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Fui un niño muy feliz en mi natal San Luis Río Colorado, Sonora. Salíamos a la calle, en pleno calorón, a correr, a jugar béisbol, a nuestra casa del árbol, a comer guamúchil, a organizar “olimpiadas” y a jugar al “bote pateado”. Una niñez plena en los 70’s y 80’s.

Llegué a vivir a Tijuana en mi juventud, en los 90. Aunque ya se escuchaba de los narco-juniors, aquí la diversión en la Revu, en la Zona Río y hasta en San Diego duraba hasta que amanecía y el cuerpo ya no podía más.

Los negocios florecían, la actividad económica se consolidaba y pasábamos del turismo a la industria, con los servicios como motor.

Caminar por la calle era lo común. Salir a las plazas públicas era nuestro entretenimiento.

¿En qué momento eso cambió?

¿Cuál fue el punto de quiebre que nos encerró en nuestras casas, clubes o fraccionamientos, y convirtió la calle en un riesgo?

Según la narrativa del actual gobierno, el combate frontal al narcotráfico que inició Felipe Calderón detonó una guerra que ha dejado medio millón de mexicanos muertos en 19 años (o muchos más si contamos a los eufemísticamente llamados “desaparecidos”).

Pasamos de vivir en las calles a encerrarnos: libres, sí… pero con zozobra y temor.

Desde Miguel de la Madrid ya se hablaba de mucha corrupción en el gobierno y cuatro décadas después seguimos en esa espiral de complicidad entre autoridades y crimen, organizado o no. Aunque hubo algunos momentos que nos hicieron creer que México avanzaba —el TLC, instituciones autónomas y la llegada de un nuevo régimen— pero no fue así. A mi parecer, todo se está yendo al caño, o está a punto de irse. Estamos matando al país.

La manía de nuestras autoridades actuales de no asumir responsabilidades y culpar al pasado ya cansa, harta y molesta. ¿Para qué los elegimos? Al parecer, para poner pretextos. De gobernar, casi nada.

Te pongo un ejemplo concreto: Nayib Bukele, en El Salvador, enfrentó el gravísimo problema de inseguridad y, en cinco años, transformó a su nación. Hoy es ejemplo de prosperidad y tranquilidad.

Mientras tanto, la Presidente sale un día sí y otro también a justificar su falta de resultados, pero no hay forma de debatir con la realidad: México está en un baño de sangre interminable; los servicios públicos no funcionan; la poca infraestructura que tenemos está destrozada; y la corrupción gubernamental raya en el cinismo. No hay un rubro que presumir más allá de la política social.

El asesinato de otro alcalde —ya casi 120 en 20 años— podría ser la gota que, ahora sí, derrame el vaso del hartazgo de muchos.

Y qué bueno. ¡No podemos acostumbrarnos a vivir así!

Con un país endeudado internacionalmente para sostener obras insulsas y deficitarias, las grandes necesidades —salud, educación, infraestructura y seguridad— quedaron relegadas. El México que queremos heredar se aleja cada vez más.

¿Qué tiene que suceder para sobreponernos a la apatía, al miedo de participar y de decir las cosas? Qué impotencia siento. De verdad.

Lo que es seguro es que si seguimos callados, resignados o esperando que “alguien más” arregle esto, entonces también seremos parte de la tragedia. Porque México no se muere solo: lo estamos dejando morir. Estamos en una realidad enferma. No normalicemos el dolor. No bajemos los brazos. México merece mucho más que sobrevivir entre miedo, excusas y abandono.

  • *- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.

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