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El antiguo arte de ser escuchado
BRRRUM. ¿Escucha? BRRRUM BRRRUM. Es el ruido que lo rodea: no solo el taladro de una obra en construcción sino el estruendo metafórico de la cantidad de datos, avisos y notificaciones impertinentes. Se dice que vivimos en una época en la que hablar es sencillo pero hacerse escuchar, muy complicado. BRRRUM. Por eso, es interesante la lectura de retóricael ensayo del académico noruego Bård Borch Michalsen recién publicado aquí: con un subtítulo prometedor (“descifra el código de la comunicación”), ajusta los recursos de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, entre otros, a la era de las redes sociales para actualizar una disciplina ancestral y despejar la voz propia en medio del ruido: “La retórica no es el arte de expresarse sino el arte de ser escuchado”.
Transversal, la retórica cruza al estudiante que rinde un examen oral y al presidente que se juega la paz de su país; la clave es aprender sus secretos.
Periodista y editor de diarios, Michalsen viene de los tiempos del periodismo en el que lo más importante se escribió primero (la famosa pirámide invertida) y la intriga se reservaba para las novelas de suspenso. Maldita cebo de clics. Por (de) formación profesional, usa ejemplos muy actuales, como los discursos de Volodímir Zelenski o los dichos del papa Francisco, para enumerar los trucos de la retórica, el antiquísimo arte de usar el lenguaje oral y escrito para persuadir a la audiencia de algo. Es que hablar en público es una de las cosas más difíciles del mundo. Según Cicerón, un buen orador debe tener “la sagacidad de los lógicos, el pensamiento de los filósofos, una dicción cercana a la de los poetas, la memoria del jurista, la voz de los intérpretes de tragedias y los movimientos corporales de los más grandes artistas escénicos”.
Sangre, sudor y lágrimas. Esta retórica no está dirigido a líderes mundiales sino a personas que deben exponer una presentación en su trabajo (hay un capítulo dedicado al siempre taimado PowerPoint) o persuadir de la conveniencia, o no, de remodelar el cuartito de herramientas del edificio en una reunión de consorcio. La retórica es transversal: cruza al estudiante que rinde un examen oral o al presidente que se juega la paz de su país. “Hoy en día, mucha gente aún percibe la retórica como algo sucio”, reconoce Michalsen: “Se utiliza con una connotación negativa: es algo repugnante que otros hacen para manipularnos”. Entonces se remonta a la antigua Grecia, donde se instauró la sociedad democrática moderna en la que el poder no residía en las armas sino en las palabras que determinaban a quién había que darle la razón. Así, la retórica cambia de signo: es una práctica de ciudadanía, una forma de habitar la democracia o todo lo contrario a la inclinación por el “pensamiento único” que hoy parece gobernar el discurso público.
Si usted quiere fracasar ante su jefe o sus vecinos, capaz de todo y de nada, sin un mensaje principal, o lea de un PowerPoint dándole la espalda a su público. Puro ruido. En la retórica valen (casi) todos los trucos. ¿Una prueba? Lyndon Johnson fue presidente de los Estados Unidos en la década del sesenta. Era de Texas y se jactaba de conocer muy bien al pueblo norteamericano. Una vez le dio el borrador de un discurso que escribió un asesor nuevo y lo leyó con atención hasta que llegó a una cita de Aristóteles. “¡Aristóteles! ¡Esta gente no tiene idea de quién es Aristóteles!”, gritó. Entonces, tomó una lapicera, tachó a Aristóteles y corrigió: “Como dijo una vez mi querido padre…”.
Publicado en La Nación
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