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La gracia de Dios no elige favoritos… te elige a TI

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Karin Hadadan, autora del best seller Belleza en la quietud, comparte cómo la gracia de Dios es una invitación abierta a todos, sin importar quién eres o de dónde vienes.

La salvación está disponible para todos nosotros y se recibe tanto a través de la expresión externa (usando nuestras voces) como de la convicción interna (creyendo con el corazón).

Si declaras con tu boca: «Jesús es el Señor», y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo.

Romanos 10:9

Cuando declaramos: ‘Jesús es el Señor’, es de gran importancia someternos a Su autoridad, porque demuestra nuestra fe inquebrantable en lo que no presenciamos de primera mano: Su resurrección. Esta declaración y creencia constituyen la mayor prueba de nuestra fe. La creencia en la resurrección de Jesús es la piedra angular del cristianismo, porque afirma que confiamos en nuestro Padre, que nosotros también podemos ser salvos, que siempre somos guiados, protegidos y amados, y que tenemos un propósito mucho mayor del que creemos capaces. La belleza de esta sencilla fórmula (confesión y creencia) es que hace que la salvación sea accesible para todos, independientemente de su origen, educación, riqueza o estatus, lo que refleja el corazón de Dios de que nadie debe ser excluido de Su gracia.

Hay un delicado equilibrio que forma el pilar para recibir la salvación: la confesión pública y la fe personal. Jesús mismo ejemplificó este equilibrio: compartir, hablar y vivir públicamente sus creencias, y al mismo tiempo encontrar momentos de tranquilidad para activar su corazón y conectarse con Dios a través de la oración.

Hay poder transformador cuando estos elementos se combinan, cada uno nutriendo al otro. Cuanto más profunda sea nuestra convicción interna, más fuerte se vuelve nuestra expresión externa. Cuanto más expresamos externamente nuestra fe, más nos sentimos llamados a profundizar nuestra convicción interna. En nuestra vida diaria, para lograr este equilibrio, debemos buscar momentos de tranquilidad para profundizar nuestra fe y luego encontrar oportunidades apropiadas para compartir la gloria de Dios con quienes nos rodean. Esto es lo que nos permite declarar, con pura honestidad y prueba viviente, que ‘Jesús es el Señor’.

La salvación es maravillosamente simple y profundamente transformadora: comienza con la creencia en el corazón y la confesión con los labios. Declarar “Jesús es el Señor” es más que palabras; es un acto de entrega y reconocimiento del poder redentor de Dios a través de la resurrección de Cristo.

Esta verdad invita a los creyentes a ir más allá de la fe privada hacia una expresión valiente, convirtiéndose en testimonios vivos de la gracia de Dios. A medida que la convicción se profundiza en el interior, la fe se extiende naturalmente hacia el exterior, reflejando el equilibrio entre la transformación interior y la proclamación exterior. A través de este acto continuo de creencia y confesión, encarnamos el mensaje de que la salvación está disponible para todos: un regalo del amor divino destinado a ser recibido y compartido.

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