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No eres invisible, Dios te ve y te llama amado

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El amor no es sólo una acción, sino un estado de ser. Karin Hadadan, autora del best seller Belleza en la quietud, escribe sobre el amor divino de Dios y cómo se encarna en nosotros diariamente.

Dios no sólo nos ama, sino que toda su esencia es amor: es su identidad misma. Cuando podemos confiar en la naturaleza inherente de Dios como confiable, firme y segura, desarrollamos una conexión íntima a través de todas las estaciones y experiencias de la vida. A partir de esta base, podemos confiar en Él en todo, entendiendo que cada parte de nuestra vida proviene de esta energía amorosa e incondicional. Por lo tanto, si todos somos hijos de Dios, cuya esencia inherente es el amor, entonces eso significa que Él vive en nosotros, y nosotros también somos expresiones de ese amor divino.

Y así conocemos y confiamos en el amor que Dios tiene por nosotros. Dios es amor. Quien vive en el amor vive en Dios, y Dios en él.

1 Juan 4:16

«Vivir en el amor» es una práctica sencilla pero profunda, en la que cada acción que realizamos, cada palabra que decimos, cada pensamiento que pensamos, tiene sus raíces en esa luz. Cada vez que elegimos el amor, manifestamos la presencia de Dios al mundo que nos rodea. Cada vez que elegimos esto, especialmente en momentos en los que no sentimos la inclinación, transformamos nuestra realidad. Cambia nuestra energía de la amargura y el resentimiento hacia la plenitud y la bondad. Amar a los demás nos conecta más profundamente con Él, simplemente porque experimentamos Su presencia interior a través de cada elección amorosa.

Esta conciencia crea una conexión directa entre nuestras relaciones horizontales (familia, amigos, socios, compañeros de trabajo, vecinos) y nuestra relación vertical con Dios mismo. ¿Cómo podemos vivir en este estado? Hacemos una pausa antes de reaccionar. Nos preguntamos, en cada momento presente, independientemente de lo que estemos viviendo, ‘¿Qué haría el amor?’ Y luego, actuamos desde ese lugar. Hablamos desde ese espacio. Encarnamos la verdad de que ‘Dios es amor’ y cuando vivimos en amor, vivimos en Dios y Dios en nosotros.

El amor de Dios es firme, inmutable en cualquier circunstancia, pero puede ser difícil reflejar ese amor de manera consistente en la vida diaria. Vivir en amor significa vivir consciente de Su presencia, permitiendo que la compasión divina fluya a través de cada palabra, pensamiento y acción. Experimentar el amor de Dios más profundamente transforma no sólo cómo nos vemos a nosotros mismos sino también cómo tratamos a quienes nos rodean.

Cuando aprendemos a encarnar Su esencia amorosa, especialmente en momentos en que la paciencia y la gracia son más difíciles de dar, nos convertimos en reflejos vivos de Su carácter. Cada acto de bondad, perdón y empatía se convierte en un canal a través del cual el amor de Dios se revela en el mundo. Entonces, morar en el amor es morar en Dios mismo: encontrarlo no sólo en la oración, sino en cada encuentro, cada gesto y cada elección de amar cuando más importa.

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